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ENFERMEDAD

Nadie puede afirmar que las enfermedades, en rigor, están vinculadas a los procesos de elaboración de la vida mental, pero podemos garantizar que los procesos de elaboración de la vida mental tienen una efectiva influencia sobre las enfermedades.

Hay dolencias que sin dudas cumplen una función preponderante en los servicios de purificación del espíritu; surgen con la criatura en la cuna y la acompañan durante años en dirección a la tumba.

 Las deficiencias congénitas, las mutilaciones imprevistas y las enfermedades de difícil curación, se catalogan indiscutiblemente en la tabla de las pruebas necesarias, así como ciertos medicamentos imprescindibles figuran en la ficha de atención a un enfermo. Sin embargo, los síntomas patológicos habituales, en una mayoría abrumadora, provienen de los reflejos inadecuados con que influye la mente sobre el vehículo de nuestras manifestaciones, produciendo desajustes en los implementos que lo componen.

Las emociones violentas sobre el cuerpo son equivalentes a martillazos sobre el engranaje de una máquina sensible; las aflicciones prolongadas son como la herrumbre destructora que perjudica su funcionamiento.

La medicina sabe hoy que la tensión mental acarrea disturbios de importancia en el cuerpo físico.

Una vez que se ha establecido el conflicto espiritual, casi siempre las glándulas salivales paralizan sus secreciones, y el estómago, con espasmos, se niega a la producción del ácido clorhídrico, con lo que provoca perturbaciones digestivas que habrán de expresarse en la llamada colitis mucosa. Alcanzado este fenómeno primario, que muchas veces abre la puerta a terribles calamidades orgánicas, los desajustes gastrointestinales reiterados concluyen por arruinar los procesos de la nutrición, que afectan al estímulo y determinan la aparición de síntomas variados que van desde una leve irritación de la membrana gástrica, hasta la locura de complejo tratamiento.

El pensamiento ensombrecido enferma al cuerpo sano y agrava los males del cuerpo enfermo.

Si es aconsejable no envenenar el aparato fisiológico con la ingestión de sustancias que lo hagan prisionero del vicio, es imperioso evitar los desarreglos del alma que le imponen desequilibrios afrentosos, como aquellos que son absorbidos en las decepciones y los sinsabores cuando son adoptados como flagelos constantes del campo íntimo.

Cultivar melindres y disgustos, irritación y amargura, equivale a sembrar espinos magnéticos y abonarlos, en el terreno emotivo de nuestra existencia; es intoxicar por cuenta propia la contextura de la vestimenta corporal, corromper los centros de nuestra vida profunda y arrasar consecuentemente, la sangre, los nervios, las glándulas y las vísceras del cuerpo que la Divina Providencia nos concede entre los hombres, con vistas al desarrollo de nuestras facultades para la vida eterna.

Conservemos la comprensión, la paciencia, la bondad inalterable, la tolerancia constructiva a cada paso de la senda, porque solamente al precio de nuestra incesante renovación mental en el sentido del bien, con el apoyo del estudio noble y el servicio constante, traspondremos los dominios de la enfermedad y aprovecharemos los dones del Señor, evitando los reflejos letales que se hacen acompañar del suicidio indirecto.

Libro: Pensamiento y Vida

Espíritu: Emmanuel

Medio: Chico Xavier

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